«Los edificios industriales ocupan terrenos muy apetecibles para esa lacra que es la especulación»


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Jueves 22 de abril de 2010, en www.lne.es

«Quien pueda volverá a una vida y un entorno rural buscando silencio»

«La obras actuales son tan formalistas porque se continúa dando vueltas a materiales que ya han demostrado todo aquello de lo que son capaces» - «La arquitectura significa conocimiento, una afirmación de cómo tienen que ser las cosas y una vocación de permanencia»

 

Celestino García Braña

Presidente de la Fundación Docomomo Ibérico y decano del Colegio de Arquitectos de Galicia

M. S. MARQUÉS

Presidente de la Fundación Docomomo Ibérico, asociación que busca divulgar y proteger el patrimonio arquitectónico del movimiento moderno, Celestino García Braña rompe una lanza a favor de la arquitectura industrial, objeto estos días de estudio en el congreso celebrado en Oviedo bajo el lema «La fábrica, paradigma de la modernidad».

-¿Dónde ancla sus raíces la arquitectura del movimiento moderno?

-Cada época histórica ha producido sus propios valores. Si miramos retrospectivamente hacia el pasado vemos que casi nada como la catedral gótica representó la cultura, la religiosidad, en definitiva, la sociedad de una época. A partir del siglo XVIII surge un nuevo modo de entender la vida, primero la razón científica, y a partir de ahí la razón mecánica y tecnológica introducen cambios importantes en el mundo. Los nuevos personajes no son los Papas o los grandes aristócratas de las ciudades, son los emprendedores, los industriales, toda esta gente que se hace a sí misma y que crea con mucho ingenio y mucha audacia. Todo esto está en la base de la sociedad industrial.

-¿Implica una nueva arquitectura?

-Todo lo que había sido la arquitectura histórica, los diferentes estilos que tanto auge tuvieron en su imitación en el siglo XIX, deja de tener sentido, y por la fuerza de las nuevas necesidades, nuevos materiales y formas surge una arquitectura que tiene unos principios diferentes a los que han formado toda la arquitectura occidental. Una arquitectura que por influencia de la técnica le da un valor extraordinario a la función porque existe algo radicalmente nuevo que es la máquina, un invento estrictamente funcional. Cada una de las piezas tienen su forma, todas se agrupan y al final eso funciona. Este paradigma racionalista lo impregna todo, la sociedad se va imbuyendo del mundo de la racionalidad y la precisión.

-¿Cómo influye en la arquitectura de aquel momento la presencia de nuevos materiales?

-El desarrollo industrial produce nuevos materiales que poseen una característica muy importante, introducen posibilidades inéditas para la arquitectura. El hierro se convierte en un material fundamental porque resuelve problemas que la piedra no podía solucionar. La racionalidad de la máquina induce la presencia de la idea de transparencia, lo que hacemos responde a un cálculo, a una precisión, por lo tanto lo podemos enseñar, ya no es la vida del palacio barroco o renacentista lleno de misterio. En esa idea de la transparencia, el vidrio juega un papel fundamental, también por la capacidad de iluminación. Luego aparece el hormigón, que surge como un sucedáneo de la piedra, pero poco a poco va encontrando su propio medio de expresión y acaba sustituyéndola.

-Son materiales de hace un siglo que aún no han sido reemplazados

-Por eso, creo que la arquitectura del presente es en buena medida una arquitectura tan formalista porque no han aparecido todavía materiales nuevos que hayan encontrado su espacio de producción masiva. Es evidente que los plásticos se utilizan tanto como el hierro, pero en el mundo de la arquitectura no han encontrado su específico modo de expresión. Esta arquitectura de hoy es tan formalista, tan rebuscada, precisamente porque seguimos dándole vuelta a unos materiales que en buena medida han demostrado ya todo de lo que son capaces.

-¿Llegamos tarde al reconocimiento de la arquitectura industrial?

-A estas cosas siempre se llega tarde. No se puede llegar pronto porque forma parte de un nuevo modo de ver las cosas y esa mirada llega cuando forma parte del desarrollo cultural. El patrimonio no existe, el patrimonio lo creamos y lo creamos cuando extraemos del conjunto de cosas algo que nos llama poderosamente la atención y por eso digo que es una cierta inevitabilidad histórica. Durante mucho tiempo esa visión de la fábrica fue objeto de culto por parte de unas élites culturales, ingenieros, arquitectos, críticos....

-Después dejó de ser así.

-Sí, y la fábrica tuvo que verse arrinconada por nuevos acontecimientos para despertar nostalgia. Lo vemos muy claro en Asturias, Palacio Valdés escribe «La aldea perdida» y ahí está el combate entre la vida sosegada y la minería. En aquella época la industria se vio con dos miradas, la de quien la asociaba al progreso y quien decía que de la mano de la industria viene la destrucción. Hoy todos aquellos artefactos que arruinaron el orden antiguo se empiezan a venerar y es sobre todo en los valles mineros donde emerge la nostalgia por la cultura que generó la mina.

-Usted defiende la necesidad de concienciar a la sociedad del valor de esa arquitectura industrial.

-Efectivamente. El mundo industrial tiene una categoría estética que no es nueva, pero no se puede asimilar fácilmente a la idea de belleza. Para ver un cuadro o una capilla prerrománica, términos habituales de la estética como bonito y feo explican mucho, sin embargo hay emociones que no son explicables por esas categorías de lo bello. Cuando se entra en la nave de laminación de Ensidesa son sus 905 metros de largo y todo ese dramatismo de la luz que se filtra por las cubiertas es difícil que digamos esto es bello, pero podemos decir sublime o sobrecogedor y la industria tiene mucho de sobrecogedor. La fábrica hay que mirarla desde lo que provoca no desde la vertiente estética.

-¿Su mayor problema es la especulación urbanística?

-Es uno de los problemas. Los edificios industriales que surgieron en las afueras de las ciudades hoy ocupan terrenos muy valorados y esos espacios resultan muy apetecibles para esa lacra de nuestro tiempo que es el dinero inmediato, la especulación, el hacer y vender.

-¿Qué debe aprender la arquitectura de hoy de figuras como Ignacio Álvarez Castelao, del que se celebra el centenario?

-Castelao es uno de los arquitectos no suficientemente valorados. Se implica en la arquitectura moderna de una manera total y a pesar de estar en plena madurez se incorpora al uso del hormigón con una soltura y elegancia fantásticas. Le tocó vivir una época de enorme carestía de materiales modernos y a lo poco que había se le sacaba extraordinario partido, lo que hace que su arquitectura, siendo tan austera, sea tan potente, tan concentrada y tenga tanta densidad arquitectónica. Para entusiasmo de los jóvenes diré que Castelao cuando quiere trabajar en las centrales hidroeléctricas se pone de acuerdo con su amigo el ingeniero Elorza. Se ofrece a trabajar, no habla de dinero, lo que quiere es aprovechar una oportunidad única de expresar una nueva arquitectura y ese entusiasmo es encomiable.

-La directora del premio «Pritzker», Martha Thorne, considera un error usar la arquitectura para vender una imagen, un nombre.

-Estoy totalmente de acuerdo. La arquitectura para mí significa primero conocimiento. Implica un descubrimiento primero y una afirmación después de cómo tienen que ser las cosas. En segundo lugar tiene que ser permanencia, no es un cuadro que cambia de pared, la arquitectura se construye en un sitio determinado, por tanto tiene como misión adherirse a lo que ya existe, sea territorio más o menos ocupado, sea una parte de ciudad, y hacerlo enriqueciendo un entorno que va a seguir permaneciendo. Todas aquellas arquitecturas que no impliquen un conocimiento más profundo de cómo deben hacerse las cosas y que no aspiren a la permanencia, sean flor de un día, y elemento de expresión de un poder son arquitecturas banales.

-¿Durante el pasado boom de la construcción se perdió la oportunidad de incorporar sistemas solares a los edificios?

-Sí. Las construcciones de los últimos años han ido con retraso en esta dimensión bioclimática. Cuando la construcción de viviendas deja de convertirse en un proceso de identificación del individuo con la casa que construye para convertirse en un negocio entonces se eliminan en razón de las rentabilidades económicas todos esos aspectos. En este momento es una necesidad indispensable porque la construcción produce entre un 30 y un 50% de los gases de efecto invernadero. Por tanto, es aconsejable incorporar estas nuevas técnicas, pero tiene que incorporarse primero el pensamiento que implica la toma de conciencia de esta situación.

2 M. S. M.

-¿Se generalizará la casa domótica?

-Formará parte de la dimensión cultural del futuro, con un doble aspecto porque se producirá una mayor domotización en las nuevas viviendas, pero estoy convencido de que también se dará la reacción contraria, es decir, los que tengan la posibilidad volverán a una vida y a un entorno más ruralizados, no para cultivar el prado y atender las vacas, sino en la búsqueda de algo muy importante en un mundo globalizado: el silencio.

-La arquitectura en extensión está siendo sustituida por el edificio alto.

-En este proceso de conocer que tiene la arquitectura y por influencias exteriores, pienso en la casa individual americana, la búsqueda de esa vida en contacto con la naturaleza jugó un papel importante, pero eso lleva consigo tres problemas importantes: la ocupación de grandes superficie territoriales, el coste que suponen las instalaciones que necesita cada nueva zona y la dependencia del automóvil. Se toma conciencia de estos tres elementos cuando la extensión ha alcanzado un punto límite y la respuesta es volver a una concentración urbana que nos permita aumentar las densidades de forma que consumamos menos territorio. Eso produce la vuelta a una ciudad densificada.

-En los últimos tiempos parece haber una competición para ver quién hace el edificio más alto.

-Es moda de nuestro tiempo el libro de los «Guinness». En el terreno de la construcción la magnitud siempre jugó un papel importante porque construir significa enfrentarse con la naturaleza, con la fuerza de la gravedad. Ser constructor es dominar la naturaleza. Con las catedrales góticas había un ranking y cuando los m edios materiales lo permitían se trataba de construir la torre más alta. Ese afán de la mayor altura forma parte de esa apuest a por conocer los límites y con ellos la capacidad de la arquitectura.

Fuente: La nueva España



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